by  Héctor Medina Varalta

 

En luna bancas de la iglesia de San Erasmo de los Magueyes el Alto, alguien dejó abandonado a un bebé. En esa parroquia había un sacerdote muy digno de representar el hábito clerical. Por consiguiente, se hiso cargo de él. No faltaron las malas lenguas asegurando que ese niño era producto del padre Anacleto Martínez con una feligresa que había partido en busca del sueño americano. No obstante, aquel sacerdote, prestó oídos sordos ente aquellos rumores, pues se esmeró en prodigarle al niño cariño y educación, es decir: el niño se aprendió de memoria el catecismo, el rosario, además de ayudarlo a tocar las campanas, oficiar la Santa Misa y preparar un dulce muy sabroso pero, el cura se olvidó de algo muy importante: enseñarle a leer y escribir.

 

Una noche, el sacerdote se fue a acostar para no despertar: durmió el sueño de los justos. Heriberto, que así se llamaba el sacristán, se deprimió pues lo quería como si hubiese sido su mismo padre. Lupita Sánchez, la novia de Heriberto lo apoyó en aquél trance tan amargo. Tres meses después, llegó al sagrado reciento un cura con  ideas innovadoras. Una noche le pidió a Heriberto que redactara algunas cartas para enviarlas a los pueblos circunvecinos, pues muy pronto sería la fiesta de San Erasmo, el santo patrono de aquel pueblo. Heriberto se puso muy nervioso, pues no se atrevía a decirle que no sabía leer ni escribir, sin embargo, no le quedó más remedio que decirle la verdad. Cuando el cura lo achuchó, no tuvo otra alternativa que despedirlo. Heriberto, al enterarse se puso muy triste, pues no sabía otra cosa más que tocar las campanas y sacudir el templo.

 

“Soy muy tonto-se decía, no sé qué va a ser de mí, soy un analfabeta al que nadie contratará por no saber leer”. Sin embargo, Lupita con dulces palabras lo animaba a seguir adelante.

-amor, le dijo a Herierto, recuerda que el padrecito Toño, que en gloria de Dios debe de estar, te enseñó a preparar el dulce con su receta secreta”, porque no los preparas y los vendes en el pueblo. Queriendo o no, el ex sacristán comenzó a prepararlo. Para su sorpresa, el dulce fue muy solicitado. Desde que amanecía hasta que anochecía, Erasmo repartía el dulce un su bicicleta. Una noche, Lupita tuvo que partir a la cuidad, pues un pariente se enfermó y como no tenía quien lo atendiera, se ofreció a cuidarlo. Cabe resaltar que pasó varios meses en la capital. Una vez que su pariente se recuperó, regresó a su pueblo. Cuando visitó a Heriberto se sorprendió, pues, lo encontró surtiendo sus dulces en una camioneta. Para festejarlo, decidieron casarse con todas de ley.  

 

Dos años después, tres gringos muy elegantes visitaron el negocio de Heriberto. Para esto, la fábrica de dulces había crecido bastante, pues tenía toda una flota de camionetas que surtían a varios poblados.

 

-          Mi- dijo uno de ellos, probar su dulce así como a mis dos colegas

-          Así es-dijo otro. Nosotros estamos muy satisfechos

-          Nosotros traer en jugoso contrato para ambas partes-dijo un tercero. El contrato estar en español. Por favor, leerlo-dijo extendiéndolo

 

 

Como en ese momento, Lupita, su secretaria, no es encontraba en la fábrica en ese momento, Heriberto se puso muy nervioso.

 

-          Vamos, no sea desconfiado; contrato estar en español. Por favor, léalo.

-          Lo siento mucho-manifestó Heriberto-lo que sucede es que no se leer ni escribir.

-          ¡What!-exclamaron en coro.

 

-          Mi estar sorprendido, usted hacer todo un emporio siendo analfabeta.

 

-          Mi imaginar-dijo otro- lo que usted sería sabiendo leer y escribir. Tal vez presidente municipal

 

-          O gobernador de este Estado-dijo otro.

 

-          O quizá presidente de la república de este país, interrumpió un tercero.

 

Lupita que en ese momento había llegado a la fábrica, añadió.

-          Están ustedes muy equivocados, pues si Heriberto hubiese sabido leer y escribir, sería ¡sacristán!    

 

Aunque no es una fábula, este cuento nos trae una moraleja, de decir, por más agobiados que estemos, Dios, como cada quien lo conciba, nos dio uno o más talentos para usarlos en situaciones parecidas al de este cuento. Nos vemos en el próximo cuento.

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