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MIRAR AL ESPACIO


POR ALFREDO ARNOLD MORALES

Académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara


La noticia casi se perdió entre la vorágine informativa del Covid-19 y las manifestaciones multitudinarias en Estados Unidos por la muerte de George Floyd en Minneapolis. En otras circunstancias hubiera sido nota “de ocho” en todo el mundo.
Me refiero al lanzamiento de la nave SpaceX, que abre un nuevo capítulo en la conquista del espacio.
No es mucho lo que saben los jóvenes sobre la carrera espacial; es un tema que después de haber apasionado al mundo en los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, poco a poco fue perdiendo interés.
Esto inició hace ya casi 60 años, en plena “guerra fría”. La URSS tomó la delantera con la salida al espacio de Yuri Gagarin (1961) y apenas unos días después Estados Unidos “empató” por conducto de Alan Shepard. La carrera siguió entre éxitos y fracasos de ambos bandos, hasta que por fin los americanos conectaron el esperado nocaut con la llegada a la Luna del Apolo 11 y sus héroes Armstrong, Aldrin y Collins en 1969. El futuro espacial se veía tremendamente prometedor.
Pero las cosas no evolucionaron como se esperaba. En realidad, la carrera espacial se estancó; uno, por el progresivo deterioro de la economía soviética; dos, por la incertidumbre energética que siguió al embargo petrolero de 1973, y tres, porque el gran público estaba desilusionado de que en otros mundos sólo hubiera arena y rocas.
La llegada del Transbordador Espacial revivió el entusiasmo por volar, su diseño futurista superaba con mucho la línea señorial del avión Concorde que, si bien no viajaba al espacio, sí transportaba pasajeros común y corrientes y hacía el trayecto Londres-Nueva York en poco más de tres horas. La popularidad del Transbordador Espacial, que no escapó a la tragedia al explotar el Challenger (1986), duró treinta años, de 1981 hasta su jubilación en 2011.
El turno fue para la Estación Espacial Internacional, puesta en órbita en 1998 y que ahí sigue recibiendo a astronautas de distintas nacionalidades, incluyendo ahora a los tripulantes de la SpaceX, Douglas Harley y Robert Behnken.
¿Qué tiene de especial la nave SpaceX en esta historia de altibajos?
La primera novedad es que no se trata de un proyecto gubernamental, sino del multimillonario empresario Elon Musk. Luego, su sofisticada tecnología diseñada en un escenario de algoritmos e inteligencia artificial, y sobre todo sus objetivos de largo alcance –la Luna y Marte— y su propósito comercial: el turismo espacial.
SpaceX abre una nueva etapa en la llamada conquista del espacio. Pero, al coincidir el éxito de su primera misión con la terrible pandemia que asuela a la humanidad, surge con toda la fuerza el imperativo de que la ciencia debe estar al servicio de la humanidad, y, por lo tanto, la maravillosa complejidad de este proyecto también debe aportar su valioso grano de arena al bienestar del planeta.

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